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El Ano

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¡GRAN INNOVACIÓN EN EL MERCADO DEL ARTE! EUREKA, EUREKA LO HEMOS ENCONTRADO, AL FIN, LA FORMA DEFINITIVA EN LA QUE PODEMOS COMPRENDER CUALQUIER FORMA DE EXPRESIÓN HUMANA SE TRATA DE: EL ANO - Sara, cariño, ¿esto es de uno de tus alumnos, me imagino? - el cartel que Grisha sostenía ante sí temblaba por el párkinson, y estaba tan lleno de tonos fosforescentes que parecía alguna especie de mapa de Las Vegas, o de Tokio, sólo basado en los colores de los anuncios luminosos. - Oh, ¿qué es ese tono jovencito? ¿Acaso insinúas que mis alumnos no dan para más? - una sonrisa ladina asomó a los delgados labios de la vieja maestra. Se levantó de entre las cajas que había estado ordenando, y se acercó a su esposo.  Tras tomarlo con cuidado y acercarlo a su rostro polvoriento, una sonrisa triste asomó a sus ojos cansados. Miró una, dos veces, hasta tres toda la superficie, estudiándola con cuidado. Después negó con la cabeza, y mirando de nuevo hacia lo que tenía que h...

Ofelia

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Cuando tenía cinco años me caí mientras mi madre me perseguía por la calle. Yo había visto un globo verde volando a toda velocidad hacia el sol, y al ser el verde mi color preferido no pude contener el impulso de desear atraparlo. En mi impulsividad de niña que se vive la vida entre sueños no pude ver que no estaba corriendo por cualquier calle, sino por una avenida. No me atropellaron sin embargo. Eso quizá hasta habría sido mejor, quién sabe. Resulta que había un agujero negro a la mitad de la calle que comunicaba a lo más profundo de la ciudad. Unos amables albañiles estaban comiéndose unas tortas mirando hacia el horizonte para descansar de la faena del día cuando caí de lleno en su trabajo, literalmente. No recuerdo mucho, únicamente que sentí como si fuera Alicia en la madriguera del conejo. Sólo que para cuando desperté no estaba en el fondo, sino de vuelta al exterior, viva y paralizada de la cintura para abajo.  Desde entonces he pasado mucho tiempo sola en mi cuar...

Retorno al Silencio

"Bienvenidos, Silencio". Ese era el mensaje que podía leerse a la entrada de la casa. Las personas que vivían ahí al parecer no lo sabían, pero la gente al entrar muchas veces se quedaba viendo un poco más de lo necesario al cartel. Unos con una mirada reprobatoria, y otros con una suerte de sorpresa en los ojos, y quizá una interna inquietud. Pero nadie podía quedarse demasiado a analizar lo que había pensado al observar dichas palabras, por más bellas que estas fuesen. Tenían que entrar de inmediato para resguardarse de la tormenta.  - Son locos. - le decía a su esposa el vecino de la casa de enfrente, mientras los veían desde la ventana del segundo piso - ¿A quién se le ocurriría pedirle a los invitados a un velorio que viniesen todos vestidos de blanco? Además que hacerlo en la propia casa. No sólo contra la tradición, sino como símbolo de evidente soberbia. - y así seguían hablando sin que nadie fuera de sus propios oídos los escuchara. El sol que salía de vez en cu...

El Grito

- La mujer de largas ojeras sonrió, lo que acentuó su parecido con una loba hambrienta. Entonces metió la mano a la bolsa y sacó con ella su contenido. Grité en cuanto la vi, escurriendo roja sobre el suelo con un goteo constante y viscoso, los ojos muy abiertos, los cabellos desgreñados: era la cabeza de mi hermano.  Mi hermano menor me miró como si hubiera dicho alguna idiotez, y se dio la vuelta para dormir. Con un suspiro, me alejé hasta la puerta y apagué la luz al salir. Hacía mucho tiempo que había dejado de asustarse con mis historias, era como si simplemente se le hicieran todas tan predecibles, tan poco impresionantes. Mis padres no lo sabían sin embargo, ellos nunca sabían nada. Mi madre se interesaba solamente en los nuevos conciertos y discos de sus bandas favoritas, y mi padre en que los episodios de sus series salieran todos lo más pronto posible para poder verlos en maratónica sentadera. Mientras lavaba los trastes, el sonido de la televisión y el de mi madre ha...

El Horno

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"Desapareció en el interior del horno, esa es toda la verdad. Se los juro por mi nombre que es Zivon, por mi madre y por mi vida misma. Se metió mientras jugábamos a las escondidas, la pude ver porque yo me oculté detrás de la puerta de la alacena. Llegó corriendo con su vestido negro ondeando como la corola de una flor de luto en primavera, abrió la puerta del horno y se metió a horcajadas en su interior. Recuerdo que sus piernas, sus pies, sus muslos, tenían una textura suave, o al menos eso es lo que parecía cuando se metió en el horno, lo digo por la forma en que sus músculos se movieron a la hora de hincarse y entrar. Después de eso cerró tras de sí, su mano infantil, frágil, tan adorable desapareciendo en la oscuridad. No, no llegué a tocar esa mano, ¡ya os lo he dicho! Pero lo cierto es que lo era.  "Poco después Archard, nuestro otro amigo, terminó de contar. Vino por la puerta del patio, supongo que creyó que habíamos ido a escondernos entre los manzanos. Iba to...

La Caminante

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Alba sonrió, y subió a la azotea a bailar en la cornisa. Desnuda, libre, con las parvadas de aves madrugadoras sobre su cabeza de cabellos largos que saludaban a los mirones indiscretos gracias a la acción de ehecatl, o el viento, como quiera decírsele. La muchacha rió al descubrirlos, al mirar en sus ojos aterrados y a la vez maravillados el reflejo del sol naciente, mientras ella saltaba en un pie y luego en el otro al borde del abismo, encantada con el frío que le golpeaba las plantas de los pies con su látigo.  - ¿Por qué estás tan feliz de lastimarte tanto los pies? Una dama decente debería tenerlos delicados y bien cuidados, blanditos y pequeñitos, mira, justo así, como estas muñecas.- le decían las personas del pueblo de vez en cuando. Pero ella sólo les sonreía, tomaba aire, y se disponía a responder su bastante directa observación.  - ¿Acaso se supone que cada vez que me rompa un tobillo haya un príncipe ahí para cargarme el resto del camino? ¿Se supone que a...

Para Elisa

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Espero junto a la ventana. Anochece, la luna cruza el cielo, amanece, y lo propio hace el sol. Llueve, las hojas de los árboles se caen, comienza a nevar, la nieve se derrite, surgen las primeras flores, y yo sigo esperando.  Suspiro, miro, observo, vigilo. Una parte de mí sabe que voy a morir de tanto esperar, pero nada puedo hacer. Mi corazón no aguantaría la tensión de no estar buscándote si me separara de mi puesto.  - Déjalo ya mamá, nada se puede hacer.- dice nuestra hija con tristeza. Vestida de luto, va a poner tu foto en el altar del Día de Muertos de este año. Apenas el año pasado tú nos hubieras ayudado a ponerlo, pero este año lo hemos tenido que hacer solas. Creo que no nos quedó tan mal, aunque algunas fotos no pudimos ponerlas porque no las encontramos en medio del desorden que dejaste en tu escritorio.  Aprieto el diario contra mi pecho, sintiendo la rectangular superficie de cuero de la portada magullando mi corazón adolorido. Eso sí que lo encon...