La Caminante

Alba sonrió, y subió a la azotea a bailar en la cornisa. Desnuda, libre, con las parvadas de aves madrugadoras sobre su cabeza de cabellos largos que saludaban a los mirones indiscretos gracias a la acción de ehecatl, o el viento, como quiera decírsele. La muchacha rió al descubrirlos, al mirar en sus ojos aterrados y a la vez maravillados el reflejo del sol naciente, mientras ella saltaba en un pie y luego en el otro al borde del abismo, encantada con el frío que le golpeaba las plantas de los pies con su látigo. 

- ¿Por qué estás tan feliz de lastimarte tanto los pies? Una dama decente debería tenerlos delicados y bien cuidados, blanditos y pequeñitos, mira, justo así, como estas muñecas.- le decían las personas del pueblo de vez en cuando. Pero ella sólo les sonreía, tomaba aire, y se disponía a responder su bastante directa observación. 

- ¿Acaso se supone que cada vez que me rompa un tobillo haya un príncipe ahí para cargarme el resto del camino? ¿Se supone que alguien más me va a cuidar los pies toda la vida cuando abandone el nido, como si de una vulgar transición de dueño de mi existencia se tratase? Pues creo que yo prefiero tener los pies fuertes la verdad, muchas gracias y hasta luego. A mucha honra, a mi parecer, siendo que mientras mejor entrenadas estén las bases, las raíces, más posibilidades tiene de crecer la planta.- ella solía decir con gesto firme, escandalizando a media calle al usar pantalones en vez de falda y al jugar al fútbol con los chicos de su barrio. 

En el pequeño pueblo donde ella vivía el mundo aún no había cambiado en la medida en la que lo había hecho el mundo. Las antiguas tradiciones, los dichos milenarios, las viejas costumbres. El cadáver de las ideologías rancias que ya no tenían cabida en el mundo era lo que presidía la forma de pensar y la justicia en aquel lugar. Por eso ella ansiaba terminar con excelentes calificaciones la preparatoria para irse de inmediato a la capital, el paraíso del pensamiento moderno, a estudiar en la mejor universidad del país en un lugar donde cualquier vestigio del atraso era considerado de muy mal gusto, y con eso soñaba todas las tardes mientras leía junto a la ventana, mirando de vez en cuando en el horizonte a las aves que se ocultaban tras la montaña. 

Los primeros indicios de que algo malo iba a pasar vinieron cuando defendió a su vecino, un chico que normalmente era muy alegre y divertido y que en aquel entonces se encontraba totalmente devastado y silencioso en el cuarto de Alba porque se le había declarado a su mejor amigo y este de inmediato, tras darle una tremenda golpiza, había corrido el rumor de que el galán del pueblo era un puto mariquita, no les fuera a contagiar el sida, mejor ni acercarse. Sus padres lo habían echado a golpes y llantos de decepción de la casa, y Alba, que lo había presenciado todo, de inmediato se había convertido en su abogada en un caso en el que tenía a todo el pueblo en su contra, incluyendo a sus propios padres, que no la echaron de la casa sólo porque sabían que si lo hacían ella ya no volvía y entonces qué dirían los vecinos. 

Su forma desenfadada de hablar y su desafío constante a las autoridades ultra conservadoras le granjearon entre todos los habitantes del pueblo el mote de "vividora". Mientras ellos lo susurraban con desprecio a sus espaldas, ella lo portaba como un título de la nobleza, y es que vividora es la que vive, la vivaz, la que está realmente viva. Al final su vecino se hizo su mejor amigo y consiguió que lo dejaran en paz al menos en parte, sin saberlo poniéndose en la mira de demasiados ojos. La cosa empeoró un poco más cuando desafió a su madre en discusión legendaria para conseguir que lo dejara quedarse a vivir en el cuarto de los invitados, lo que no sólo era tabú por desafiar la autoridad totalitaria y sagrada de los padres, si no porque se había atrevido invitar a un hombre a su casa, y para empeorar la cosa a uno con mala fama. Ella ignoró todo aquello que comenzó a decirse, y también su vecino con fortaleza renovada, pero ignorar las cosas conlleva no estar al tanto de ellas. 

Después de eso vino el aborto de su maestra. Sucedió de forma espontánea, un día iba caminando y sintió un dolor muy fuerte en su abultado vientre que casi la hace ponerse a dar gritos como poseída. De inmediato la llevaron al hospital, donde un doctor de ojos grises le dijo que su bebé acababa de morir y que tendrían que hacerle una cesárea para sacar los restos antes de que se le pudrieran dentro. La mujer, que siempre había soñado con ser madre y que hasta el momento había satisfecho sus deseos maternales siendo la maestra más cariñosa y comprensiva de la escuela, quedó totalmente devastada por la noticia. Regresó a su hogar cargando con las penas a la espalda, toda encorvada y silenciosa, esperando quizá en el fondo de su corazón ser recibida con un abrazo comprensivo y palabras cariñosas por parte de su marido y de su familia. Pero cuál no fuera su sorpresa al encontrarse con un marido que decía que ya no podía amarla porque era su culpa haber dejado entrar a la muerte en sus vidas, con una familia que la comenzaba a tachar de bruja o endiablada, y con un proceso judicial en su contra, pues el aborto, en todas sus formas accidentadas o no, era ilegal. 

Cuando su maestra dejó de ir a la escuela y todos comenzaron a murmurar, Alba supo que algo estaba yendo muy mal. Como le tenía mucho aprecio pues era de las únicas que la animaba a ser como era, decidió ir a visitarla a su casa. Sin embargo fue toda una pérdida de tiempo, pues el marido, después de mirarla despectivamente de arriba a abajo, le había dicho que la maestra ya no vivía ahí y le había preguntado mordazmente que si acaso ella también era una bruja, que si era así eso explicaba los rumores y que entonces mejor se largara. No supo Alba de dónde sacó la paciencia y la resistencia emocional, pero de alguna forma logró sacarle tras media hora de estar sondeando sus violentos discursos la dirección exacta donde ahora vivía la maestra. Se dirigió, pues, a la zona pobre del pueblo, encontrando bajo una pequeña choza de cartón, lámina y madera que ella misma había hecho a la maestra, demacrada y ojerosa. Las vías del tren se sacudían dos veces al día y una vez en la noche con un estruendoso estrépito justo al lado de su micro vivienda, y la forma en que la mujer las veía asustaron a Alba sobremanera. 

Fue todos los días a su hogar durante un mes, algunas veces incluso acompañada de su mejor amigo, todos los días la acompañó a comer, platicó con ella, la convenció de jugar al ajedrez, de comentar sus lecturas, de salir a pasear, de trabajar un rato en esto o aquello. Pero finalmente, cuando fue encontrada culpable de aborto y sentenciada a tres años de prisión pero a toda una vida de ostracismo y aislamiento de la comunidad a consecuencia de los terribles ataques públicos contra su persona. Alba intentó animarla, diciéndole que si luchaba seguro que podría salir adelante, sacarse de encima los prejuicios e iniciar una nueva vida desechando por completo todos los ataques y dejándolos en el pasado. Pero ella negó con la cabeza. 

- Me lo ha dicho directamente una de las madres de familia de la escuela en la que solía trabajar. No me permitirán volver a darle clases, o siquiera a saludar a sus hijos. Ahora  mismo, mientras hablamos, todos mis antiguos alumnos excepto tú están siendo educados para pensar que soy una especie de "promotora de la muerte". No creo poder soportar eso, sencillamente no creo poder soportarlo.- esas habían sido sus palabras, y por primera vez Alba no supo que decir. Tenía un nudo muy fuerte en la garganta y un vacío muy profundo en el pecho, y sólo pudo darle un abrazo y prometerle que ella nunca la vería de esa forma. 

Al día siguiente, cuando se dirigió a la pequeña choza al lado de las vías para visitarla cargada con un paquete de huevos para preparar con ella la comida, se encontró con una multitud rodeando la zona. Sintió que todos los huevos se le caían de los brazos, estrellándose contra el pavimento para salpicarle hasta las pantorrillas. El corazón se le paró unos segundos y la piel se le puso helada, mientras avanzaba entre la multitud que cuchicheaba palabras enfermas de odio con los ojos bien abiertos, los oídos como bloqueados, y la realidad tambaleándose. Cuando llegó al cordón amarillo de la policía, pudo ver la escena que tanto había temido: su maestra había saltado a las vías cuando pasaba el tren, y los restos de ella habían pintado todas las chozas y hierbas cercanas de rojo. Las vías tenían el color más intenso. Cayó al suelo, devastada por la impresión, y mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas sus oídos volvieron a funcionar, comenzando a escuchar los comentarios despectivos que se hacía de la maestra, que no apreciaba la vida y que ojalá ardiera en el infierno, pues era un ejemplo terrible en su asqueroso egoísmo para los niños. Furiosa, se dio la vuelta para enfrentarse a la multitud de curiosos.

- ¡Qué van a saber ustedes de lo que sufrió! De todo el dolor que sentía, de todo lo que tenía que soportar, ¿y por qué? ¡Pues por ustedes, maldita sea! Todos ustedes son culpables de esto, bola de ignorantes. ¡Váyanse todos al infierno!- las palabras eran la chispa, y la multitud era el pajar. A pesar de que su vecino apareció a tiempo para taparle la boca y después llevársela arrastrando mientras la turba furiosa le gritaba obscenidades cada vez peores, el daño estaba hecho, la chispa había hecho contacto y la paja estaba en llamas. 

La noche de su graduación, en el baile, ella bailó con su mejor amigo ante la estupefacta mirada cargada de celos y rencor de todos sus pretendientes (pues podía ser la más rebelde del pueblo con una reputación pésima, pero era muy bonita). Ambos estaban muy felices: ¡por fin serían libres y podrían salir de ese lugar apartado en el fin de la Tierra! Por lo que actuaban más relajados que de costumbre, bromeando por aquí, riendo por allá, tomándose fotos,  yendo de vuelta a casa caminando para hablar del futuro y de lo bien que se la pasarían en la capital. Él le reveló que quería estudiar psicología, pues siempre le habían interesado los sentimientos que impulsaban a las personas a hacer lo que hacían, no mostrándose en lo absoluto sorprendido de que ella quisiera ser una abogada. Tras decirle que tenía totalmente el carácter para serlo y bromear un poco al respecto, ambos notaron las personas que los esperaban apenas a unos metros en medio de la calle. 

A partir de ahí los recuerdos de Alba estarían teñidos por un doloroso frenesí propio de la más terrible de las pesadillas. Encapuchados en la oscuridad, eran al menos diez adultos. Sus manos cuando los agarraron, haciéndole daño en las muñecas, manoseándola con violencia, dándole puñetazos cada vez que osaba quejarse u ofrecer resistencia, hasta que de pronto estaban frente al sauce llorón, donde otra figura encapuchada tenía preparada una cuerda colgando de la rama más gruesa del árbol. El cuerpo de su amigo convulsionándose entre jadeos y resuellos desesperados cuando lo dejaron ahí, colgado por el cuello, y el silencioso balanceo que el aire protagonizó una vez que hubo exhalado su último suspiro con una mirada llena de terror. El carbón al rojo vivo en la bandeja de negro metal, y sus gritos histéricos cuando comprendió que querían hacerla poner ahí los pies, y sí niña idiota, ¿que tanto te gustaba "fortalecer" tus pies? ¿Que tanto disfrutabas parándote sola, independiente, desafiante? Pues ahora te vas a enterar, ¡jamás volverás a usar los pies! La garganta se le rasgó y enronqueció de tanto gritar de dolor cuando la obligaron a permanecer ahí parada. Después de eso se había desmayado, siendo encontrada a la mañana siguiente por una vecina ahí tumbada, toda violada, justo bajo el cuerpo de su mejor amigo. 

De no ser porque un turista pasaba casualmente por la región esta historia podría haber terminado de forma muy diferente, pero de inmediato el visitante, que casualmente también era periodista, había escrito un artículo vehemente para el periódico en el que trabajaba cargado de horror e indignación ante el cuadro que había contemplado en aquel remoto lugar. El pequeño pueblo de inmediato se puso en la mira internacional, los comisionados de los derechos humanos arribando a la región a hacer investigaciones que la policía jamás había querido o le habían permitido hacer, lo que desveló una increíble red de corrupción y un sistema social y de justicia degradado hasta la médula. En medio de todo esto, Alba, la niña de los pies quemados (como la bautizó la prensa internacional), se convirtió en toda una heroína y superviviente, icono mundial de la lucha por la igualdad y la inclusión. 

Unos meses después fue a la universidad en la capital, en silla de ruedas y algo más pálida, pero igual de libre, donde fue recibida con mucho entusiasmo por maestros, compañeros, directivos, y por la población en general. Un productor de cine mexicano se interesó por su historia y se puso en contacto con ella, así como una escritora famosa, y para cuando salió de la universidad era la abogada más conocida de México, no sólo por su fama, si no porque encima había tenido ya oportunidad de demostrar su valía en materia de defensa de los derechos con creces apenas al inicio de su carrera. A los pocos días de su graduación una fundación se puso en contacto con ella con el proyecto de reunirle dinero para que pudiera someterse a una costosa operación que le permitiría al momento tener los pies como nuevos y volver a caminar, pero ella rechazó la oferta. Cuando le preguntaron la razón de que no quisiera curarse los pies de las heridas de esas quemaduras, ella simplemente sonrió. 

Muchos años después, cuando ya había tenido toda una carrera como abogada y entraba de lleno en el otoño de su vida, se dispuso a regresar a la universidad para dar clases en esta ocasión en la materia de Defensa de los Derechos Humanos en la Adversidad. Los alumnos, algo muy inusual, llegaron antes incluso que la maestra a la clase, sin parar de intercambiar comentarios emocionados en voz baja. Sólo se detuvieron cuando la puerta se abrió, y una mujer ya mayor con muletas y ambos pies vendados entró lentamente pero con decisión. Entonces el silencio más profundo se hizo en el lugar. y Alba se sentó frente a su portátil en la mesa a un lado de la pantalla de conferencias. Miró a sus alumnos con una sonrisa enigmática, y encendió el ordenador.

- Hace muchos años, antes que ustedes nacieran, mis pies fueron quemados tan brutalmente que jamás pude volver a caminar bien del todo. ¿Los motivos? Yo me había atrevido a desafiar el silencio, y estaba alzando la voz para defender mis derechos y los de algunas otras personas. Estoy segura de que todos los que estuvieron presentes en aquella noche creyeron que por quemarme los pies me frenarían, que eso lograría que yo no volviera a caminar, que jamás volviera a desafiar. Pero aquí estoy. He pasado toda la vida caminando, y lo he hecho mucho más fuerte y con más decisión de lo que lo habría hecho antes de que me quemaran los pies. ¿Significa esto acaso que estoy agradecida por lo que pasó esa noche? No, en lo absoluto. Pero ciertamente, fue mi primera y más fundamental lección como defensora de los Derechos Humanos, y es que en la adversidad, como bien indica el nombre de la materia, los defensores de los Derechos Humanos debemos de estar preparados para seguir caminando aunque nos quemen los pies, para seguir luchando. Eso es lo primero que deben saber: intentarán quebrar su espíritu, podrán poner al mundo en su contra, pero ustedes no deben dejar de luchar.- una vez se hubieron extinguido los aplausos, la maestra puso su memoria en el ordenador y comenzó a proyectar su clase a los estudiantes en la enorme tela blanca que servía de pantalla- Ahora, ¿quién me podría decir el origen del concepto actual de la llamada "equidad"?- preguntó, y todas las manos se alzaron. 

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