Para Elisa
Espero junto a la ventana. Anochece, la luna cruza el cielo, amanece, y lo propio hace el sol. Llueve, las hojas de los árboles se caen, comienza a nevar, la nieve se derrite, surgen las primeras flores, y yo sigo esperando. Suspiro, miro, observo, vigilo. Una parte de mí sabe que voy a morir de tanto esperar, pero nada puedo hacer. Mi corazón no aguantaría la tensión de no estar buscándote si me separara de mi puesto.
- Déjalo ya mamá, nada se puede hacer.- dice nuestra hija con tristeza. Vestida de luto, va a poner tu foto en el altar del Día de Muertos de este año. Apenas el año pasado tú nos hubieras ayudado a ponerlo, pero este año lo hemos tenido que hacer solas. Creo que no nos quedó tan mal, aunque algunas fotos no pudimos ponerlas porque no las encontramos en medio del desorden que dejaste en tu escritorio.
Aprieto el diario contra mi pecho, sintiendo la rectangular superficie de cuero de la portada magullando mi corazón adolorido. Eso sí que lo encontramos, lo dejaste muy a la vista para que nosotras pudiéramos leerlo, saber qué coño pasaba, saber por qué no volvías. Fueron los susurros de los espectros de tinta que dejaste atrás los que me revelaron las extorsiones y amenazas, la indiferencia a la que te enfrentabas, tu constante preocupación de que nos fueran a desaparecer, a matar, o peor, a torturar. ¡Pero menudo intercambio, una tortura por otra! Tu ausencia a cambio de unos años más viva, pero muerta en vida, pues sin ti ya no queda energía en mis viejos huesos para despertarme a diario e ir a la ventana, a esperar.
Sólo sonrío cuando viene de visita nuestro nieto. Ya tiene 17 años, y le encanta la música. Estoy segura de que te encantaría escucharlo tocar el violonchelo, tiene una sensibilidad maravillosa que pocas veces le he visto a cualquier otro ser humano. Cuando lo veo tocar, tan concentrado y sumido en la música, entiendo por completo la decisión que tomaste cuando te fuiste aquella mañana. Él tiene muchos de los hábitos que tú tenías, ¿sabes? Es muy curioso verlo de pronto leyendo los mismos libros que te encantaban, o usando algunas de tus muletillas habituales al hablar. Creo que gracias a él podré irme en paz, pues puedo decir que he visto el futuro y que me ha dejado tranquila.
- No sé por qué ha puesto tu madre la fotografía del abuelo en el altar de éste año.- le dije a mi nieto una ocasión en que había venido a visitarme, mientras afinaba su instrumento con cuidado- No estamos seguros de que haya muerto, digo, nos habrían dicho algo, estoy segura de ello. Puede que aún vuelva.- mis palabras suenan débiles, temblorosas, como las últimas hojas del último día de otoño agitándose con el viento. Pero me aferro a ellas como la náufraga que soy, pues sé que si me dejo llevar por el viento éste me estrellará contra las ramas- No soy tonta. Sé que ya hay pocas esperanzas, lo sé muy bien, y me doy perfecta cuenta de que ustedes ya lo dan por perdido...- la voz sale temblorosa, débil, la voz de una mujer empequeñecida en mi interior, no es mi voz- Pero... parece que no puede morir mi esperanza... ¿Podrías al menos poner la foto del abuelo en mi mesita de noche? Estoy segura que se sentiría mucho más acompañado que en ese altar...
-Ay abuela.- mi nieto me da un abrazo, lo que es un alivio pues yo me siento muy avergonzada por abrirme así de fácil con alguien tan joven y no quiero que vea mi rostro- Claro que sí, no te preocupes. Te entiendo.
Creo que es eso. La razón por la que me fue tan fácil decírselo todo. La juventud de hoy en día es tan nueva, siempre entiende. Ha crecido en un mundo que busca la luz, de lucha por valores e ideales de justicia, de empatía y diálogo. Muy buenos chicos en definitiva, aunque me da algo de miedo dejarlos en este mundo nuestro tan retorcido. Afuera un lobo aúlla, y yo me vuelvo a la ventana a seguir esperando mientras mi nieto toca el "Himno de la Alegría". Suspiro, y mi mirada se pierde entre las nubes, disparada por mis pensamientos. ¿Qué era eso que solías decir siempre antes de ir a trabajar, lo mismo que me dijiste aquel día en que todo parecía tan normal, igual que el día anterior? Qué irónico, puedo recordar todos y cada uno de los momentos que pasamos juntos pero esa simple y estúpida frase, repetida día tras día, parece haberse borrado de mi registro. Tal vez la recuerde el día en que muera
Justo cuando nuestro nieto termina la canción y comienza a tocar otra, esta vez "Para Elisa", noto a alguien moviéndose en la calle. Me inclino hacia adelante en la silla, de pronto muy alerta, sintiendo todos y cada uno de mis sentidos repentinamente revitalizados y vigorizados ante la tibia brisa del atardecer que ilumina mi negro vestido y mis blancos cabellos. Afuera, frente al camino del jardín, justo bajo el marco de la reja metálica, estás tú, con tu traje de siempre, con tu sonrisa de siempre. Esa sonrisa que me sacaba de quicio. Doy un grito de júbilo, no sé de dónde saco pulmones para ello, y me encuentro saltando por la ventana, cayendo entre las violetas. De pronto, estoy vestida de blanco, y mi cabello es negro como antes. ¿De dónde viene este vigor? ¿De dónde viene ésta vida? Corro a tus brazos, y me recibes fuerte, firme, con la piel tersa, y sonríes, y sonrío, y nos fundimos como si todas esas noches no hubieran pasado, como si fuéramos siempre uno, desde siempre y para siempre.
- Creo que lo que más me gusta de ti es que nunca te cansas de despedirme, mi amor. Pero ahora ya no tendrás que hacerlo más, en ésta ocasión nos vamos juntos.- dices con tu voz real, tu voz que hacía siglos no escuchaba y que tanta falta me hacía, y yo rompo a llorar como una niña idiota porque entonces lo recuerdo, esas eran las palabras, las palabras que me decías siempre antes de irte. Nunca me cansé de despedirte, no, nunca, siempre te despedía, cuando se metía la luna y cuando se metía el sol, cuando morían las flores y cuando se esfumaba la nieve. Siempre te estuve despidiendo. Pero hoy, finalmente, cruzaremos juntos el umbral, y será alguien más el que nos despida.
A lo lejos, como en otra vida, como por un oído ajeno, escucho que alguien toca en su violonchelo "Para Elisa". Es un sonido muy hermoso, pareciera que llegara a lo más profundo de mi corazón y lo elevara. Me elevo en los brazos de mi amado. Me pierdo, nos perdemos. A lo lejos alcanzo a distinguir que alguien parece estar despidiéndose de nosotros, es una sensación cálida, un sentimiento nuevo, el de saber que estamos siendo recordados. Ambos sonreímos, ante la ironía. Quizá nunca se cansen de despedirnos.
-Ay abuela.- mi nieto me da un abrazo, lo que es un alivio pues yo me siento muy avergonzada por abrirme así de fácil con alguien tan joven y no quiero que vea mi rostro- Claro que sí, no te preocupes. Te entiendo.
Creo que es eso. La razón por la que me fue tan fácil decírselo todo. La juventud de hoy en día es tan nueva, siempre entiende. Ha crecido en un mundo que busca la luz, de lucha por valores e ideales de justicia, de empatía y diálogo. Muy buenos chicos en definitiva, aunque me da algo de miedo dejarlos en este mundo nuestro tan retorcido. Afuera un lobo aúlla, y yo me vuelvo a la ventana a seguir esperando mientras mi nieto toca el "Himno de la Alegría". Suspiro, y mi mirada se pierde entre las nubes, disparada por mis pensamientos. ¿Qué era eso que solías decir siempre antes de ir a trabajar, lo mismo que me dijiste aquel día en que todo parecía tan normal, igual que el día anterior? Qué irónico, puedo recordar todos y cada uno de los momentos que pasamos juntos pero esa simple y estúpida frase, repetida día tras día, parece haberse borrado de mi registro. Tal vez la recuerde el día en que muera
Justo cuando nuestro nieto termina la canción y comienza a tocar otra, esta vez "Para Elisa", noto a alguien moviéndose en la calle. Me inclino hacia adelante en la silla, de pronto muy alerta, sintiendo todos y cada uno de mis sentidos repentinamente revitalizados y vigorizados ante la tibia brisa del atardecer que ilumina mi negro vestido y mis blancos cabellos. Afuera, frente al camino del jardín, justo bajo el marco de la reja metálica, estás tú, con tu traje de siempre, con tu sonrisa de siempre. Esa sonrisa que me sacaba de quicio. Doy un grito de júbilo, no sé de dónde saco pulmones para ello, y me encuentro saltando por la ventana, cayendo entre las violetas. De pronto, estoy vestida de blanco, y mi cabello es negro como antes. ¿De dónde viene este vigor? ¿De dónde viene ésta vida? Corro a tus brazos, y me recibes fuerte, firme, con la piel tersa, y sonríes, y sonrío, y nos fundimos como si todas esas noches no hubieran pasado, como si fuéramos siempre uno, desde siempre y para siempre.
- Creo que lo que más me gusta de ti es que nunca te cansas de despedirme, mi amor. Pero ahora ya no tendrás que hacerlo más, en ésta ocasión nos vamos juntos.- dices con tu voz real, tu voz que hacía siglos no escuchaba y que tanta falta me hacía, y yo rompo a llorar como una niña idiota porque entonces lo recuerdo, esas eran las palabras, las palabras que me decías siempre antes de irte. Nunca me cansé de despedirte, no, nunca, siempre te despedía, cuando se metía la luna y cuando se metía el sol, cuando morían las flores y cuando se esfumaba la nieve. Siempre te estuve despidiendo. Pero hoy, finalmente, cruzaremos juntos el umbral, y será alguien más el que nos despida.
A lo lejos, como en otra vida, como por un oído ajeno, escucho que alguien toca en su violonchelo "Para Elisa". Es un sonido muy hermoso, pareciera que llegara a lo más profundo de mi corazón y lo elevara. Me elevo en los brazos de mi amado. Me pierdo, nos perdemos. A lo lejos alcanzo a distinguir que alguien parece estar despidiéndose de nosotros, es una sensación cálida, un sentimiento nuevo, el de saber que estamos siendo recordados. Ambos sonreímos, ante la ironía. Quizá nunca se cansen de despedirnos.
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