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Recuerdos soleados

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Era clarito el sol cuando yo era niño y las nubes que volaban en lo alto de mi casa nunca habían ennegrecido, mis ojos adoraban ver el sol y la tormenta, los reflejos de cristales y los cristales en los caminos, miles de barquitos de papel caían como diluvio sobre los ríos de las calles y mis ojos observaban siempre sin pestañear. La luz no es eterna ni es inamovible, la luz se dobla, se retuerce, se adapta, un rayito de sol no oscurece al entrar en una habitación en penumbra, más bien al contrario ilumina el entorno y él mismo va cambiando e influenciándolo todo: no es lo mismo la luz del amanecer que la luz del atardecer que la luz del medio día, el sol es adorable cuando despierta bostezando que es cuando yo lo miro con ternura, hay algo sublime en cambio en el sol que se oculta y entonces yo prefiero estar callado, mientras que a medio día el sol que se aburre me aburre a mí igual. Mi abuelita me decía que cua...

Ojos de tigre

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Me gusta el aroma de la mermelada de durazno. A veces cuando camino por la Calle de los Puentes huele a durazno, el aroma sale desde las casas como si dentro miles de plantíos estuvieran a un muro de distancia. Incluso, si prestas atención, puedes oír los ruidos del campo cobrando vida en medio de la ciudad y notas que por allí cloquea una gallina, más allá muge una vaca, a lo lejos ladran los perros. Hasta el viento suena diferente, como más limpio, más libre, aunque la calle demasiado estrecha para su grandeza amenace con asfixiarlo. La Calle de los Puentes se llama así porque por alguna razón el gobierno decidió que se necesitaba un puente peatonal casi en cada esquina, lo que provocó una evidente división de opiniones entre los televidentes. Los hubo que publicaron en Facebook que eso tenía todo el sentido del mundo, que ahora los peatones no tenían excusa para no utilizar los puentes y que no era tanto dinero en realidad el que se había gastado. Luego los hubo los que se fu...

Para cuando tengas las alas rotas

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Un día te despiertas y descubres que se han llevado tus alas, no lo ha hecho nadie, tampoco es tu culpa, simplemente se trata del paso del tiempo y a veces de las circunstancias: el mundo a tu alrededor cambia, las personas no se detienen, ninguna lo hace, y tú ya no recuerdas qué es lo que deseabas cuando eras niño. Dicen que para crecer tienes que matar al niño y permitir nacer al hombre, yo digo que eso son tonterías: si no tuviera un niño guardadito en mi interior ¿cómo sabría quién soy, hacia dónde voy, qué deseo? ¿cómo podría contar las historias que cuento, reír de los chistes que amo, jugar como siempre con mis amigos? Crecer, hacerse grande, no es olvidarte del sabor de la miel por las mañanas, crecer tampoco es ser un niño grande, atrapado en el cuerpo de un adulto, inseguro y temeroso, pero entre adultos mutilados y niños asustados yo prefiero tener a mi niño en mi interior bien guardadi...

La casa de la luz roja

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- Vivo allá, en la casa de la luz roja. - dijo mientras señalaba.  Cuando él miró hacia allá no pudo ver nada, aquella noche había un apagón en la ciudad y las casas estaban todas negras, todas iguales, rostros grises sin ojeras ni sonrisas ni matices. La miró arqueando una ceja, olvidando también él que la luz no iluminaba sus rasgos, pero a pesar de que no había manera él se dio cuenta de que ella sonreía y supo que en realidad no lo había olvidado. La mañana se extendía como una serie de sombras sin forma ni nombre que pasaban presurosas y en filas estrechas sobre un fondo color ceniza. A veces el cielo no deseaba despertar, pero todos los días las aves tenían que cantar y volar armando escándalo bajo todas las ventanas. Se dio cuenta de que se había olvidado de pedirle que le regresara su encendedor demasiado tarde, cuando ya era hora de comer y había salido a la calle a fumarse un cigarrito antes de seguir con la chamba. "Eh, ¿tienes fuego?" y las manos se le...

Las esperanzas

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Fuego, asfíxiame, roba todo mi oxígeno para que puedas iluminar un poco más de mi camino; fuego, no mueras, ¡mátame a mí primero! Quiero que ardas lo suficiente para atisbar mi destino; mis párpados cansados se detienen en la roca en precario equilibrio mientras yo busco mis manos y no las encuentro. El mar de la sal no es más que un desierto blanco y las conchas que lo decoran están ya llenas de sarro, manchadas desde siempre esperan en silencio, aguardan ser útiles, servir de refugio a un nuevo marinero que nunca llegará, miran el horizonte a la espera del barco un día sí, el otro también, el sol se marea al verlas pasar (ya no quedan cerillos). Cómo puede uno hacer ver a los ciegos, romper la más profunda de todas las tinieblas, hacer la luz en la mayor de todas las oscuridades, imagino un mundo a ciegas y veo manchas blancas y negras, veo manchas grises que se mueven y me llaman por mi nombre mient...

Uróboros

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La llamaste quinientas veces y ni una sola de ellas contestó el teléfono. Comienzas a asustarte, a desesperarte, ella es la única persona en la que confías y ahora no está ahí para ti, no está para ayudarte. ¿A quién más se supone que acudas? Su número es el único que te sabes de memoria, por alguna razón no hay ningún contacto registrado en tu celular y no tienes idea de qué es lo que está pasando, dónde estás o por qué estás ahí, qué es lo que tienes.  Bueno, al menos sabes que estás en un hospital, pero no entiendes por qué. No te sientes mal, no hay nadie más contigo en la sala, no hay nada escrito a los pies de la cama. Apartas las sábanas blancas de un manotazo y sales con tu bata a caminar por los pasillos, mirando alrededor aterrado y completamente desorientado. Un par de enfermeras se te acercan con sus sonrisas falsas, hay algo oscuro al fondo de sus ojos, oculto, algo que no alcanzas a comprender. Te preguntan que si te sientes bien, que si te pueden ayudar en...

La bruja del bosque

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A veces cuando llueve podíamos verla caminando en silencio por el bosque con un enorme cántaro a la cabeza para recoger el agua de lluvia. La gente del pueblo hacía como que no existía y nos decía a nosotros, los niños, que nos alejáramos siempre que preguntábamos cualquier cosa y que no nos metiéramos donde no nos llamaban. Se volvió por supuesto muy común para nosotros seguirla a escondidas y observarla en silencio, como nuestros padres la habían puesto fuera de nuestros límites y no nos habían explicado nada de inmediato la anciana ejerció una especie de fascinación en todos nosotros, un solemne respeto al misterio que representaba. Por aquella época a nuestra pequeña comunidad había llegado ya el internet, nosotros crecimos por lo tanto rodeados de cada vez más computadoras y celulares conectados a la red. Poco a poco la televisión y las maquinitas pasaron a segundo plano mientras nosotros comenzábamos a reunirnos a jugar juegos en línea y ver vídeos en la naciente You...