Alma
El aroma en el aire me es familiar, es el mar. El mar infinito, salvaje, hiriente, pero a la vez acogedor. La brisa tira de mis largos cabellos, haciéndolos bailar en las alturas.
¿Por qué estoy aquí?
Quizá haya una razón en específico por la que he nacido, todos debemos de tener alguna especie de misión en esta vida. ¿No es verdad?
Tomo un pequeño trozo de cristal del suelo. Mi mano roza otras cosas, una concha vacía, un trozo de madera, y una botella con un mensaje dentro. Sin embargo, lo que escojo es el cristal. Lo levanto de entre la arena y lo miro con curiosidad. Parece brillar débilmente, como la diminuta luz de una vela a punto de extinguirse.
- Ayuda... Ayuda... - una voz susurra en la oscuridad.
- ¿Quién es? - digo, asustada. Giro alrededor atisbando entre las tinieblas, pero no puedo ver nada - ¿Cómo puedo ayudarte?
- Ayuda... Ayuda... Ayuda... - las voces se multiplican a mi alrededor. De pronto, me veo rodeada de manos, miles de manos saliendo de las sombras intentando alcanzarme.
- No, basta, deténganse. ¡Por favor, basta!
Las manos me agarran de los brazos, las piernas, el cuello, los pies, las manos, el cabello, el cuerpo. Tiran de mí, como si fuera una muñeca, hasta que una finalmente consigue el cristal. Pero en cuanto lo toma su cuerpo se deshace como si fuera polvo, o arena. El cristal cae al suelo y queda oculto bajo sus restos.
Mientras tanto yo caigo al suelo finalmente libre de su agarre. Pero siento algo cálido cayendo por mi mejilla. ¿Qué es esta desagradable sensación? ¿Qué es este dolor? El sabor de la sangre toca mis labios, mientras me llevo las manos a las cuencas vacías y lanzo un enorme grito. Ya no siento mi cabello volando en el viento, sólo unos cuantos mechones me han dejado. Mi pierna me duele, no puedo caminar bien, y creo que me falta un dedo.
Hay cuerpos a mi alrededor, pero nada es claro. Todos vamos simplemente caminando por la noche, rodeados por el vacío y el silencio. De vez en cuando alguien cae al suelo, muerto de agotamiento. A nadie le importa. Los días pasan, y todo es caminar, caminar, caminar, sin rumbo ni propósito.
De pronto, algo cambia. Un bello sonido surge en el aire, ¿qué es? ¿De dónde viene? Es importante, es el mañana, es el futuro, es la esperanza. Por unos segundos creo ver de nuevo. Un chico joven se encuentra un poco más adelante, soplando por una pequeña concha que ha sacado de entre la arena. ¡Es él, él puede salvarnos!
- Ayuda... Ayuda... - me acerco tambaleándome, lo más rápido que puedo, y me aferro a él con todas mis fuerzas.
Apenas lo toco siento como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Asirme a él es la única esperanza, si lo suelto caeré al vacío y dejaré de existir. Me aferro con todas mis fuerzas, algo me golpea, y de pronto la veo. La concha se escapa de sus manos, y vuela por el aire dando vueltas frente a mis ojos. Es ahora o nunca.
La tomo entre mis manos, y entonces oigo una voz antigua, una voz de viento y de mar que me llama desde el principio de los tiempos. Debo ir, debo acudir a su llamada, debo ir.
Mi cuerpo se está deshaciendo ahora, mi cuerpo se deshace y vuela con el viento.
Soy libre, viajo por los cielos y los mares, sorteando esta enorme oscuridad. De vez en cuando, me topo con la larga cabellera de una chica y juego con ella alzándola hasta lo alto.
Entonces, un buen día, veo algo brillando en el cielo. ¿Qué es esto? Luz en medio de tanta oscuridad, eso es nuevo. Me acerco, y conforme lo hago mi cuerpo adquiere una forma sólida de nuevo.
Un trozo de cristal cayó esa noche entre la arena.
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