Un Rayo de Sol

Laura se despertó. Estaba nublado otra vez. Las cortinas de su cuarto estaban abiertas de par en par, y las ventanas dejaban entrar una brisa helada. Pero nada de sol. La muchacha, una joven pelirroja de unos 16 años, suspiró. Se sentó en la cama, y se puso a jugar con uno de los mechones de su cabello, pensativa. Hacía días que estaba igual. Meses. Años quizá. Ya no recordaba la última vez que había visto el sol. 

Suspiró, y se dirigió a su armario, abriéndolo. Estaba casi vacío, sólo había un viejo vestido negro, de luto, y un par de zapatillas oscuras igual,ente desgastadas. Sintió que las manos le temblaban. En definitiva tenía que ahorrar para comprar más ropa. No había querido usar eso desde el funeral de su madre. Se miró en el espejo. Su ropa necesitaba una lavada. Pero no podría quedarse sola en casa de su tía si no hasta la próxima semana, y hasta entonces ella vigilaba la lavadora, y no le permitía nunca usarla. "Sólo causas gastos" solía decir. 

Esa había sido su excusa al vender todos sus vestidos, sus muñecas, sus libros, en fin, todas sus pertenencias excepto lo que llevaba puesto y el vestido negro cuando llegó, teniendo 11 años. Después de eso, había tenido que trabajar para poder ir a una escuela. Casi desde que llegó, pasaba todas sus tardes libres en una tienda de comestibles que había por ahí cerca, ayudando sin parar a la anciana dueña. Ella era muy amable con ella, en verdad disfrutaba del tiempo que podía pasar lejos de su tía, que se limitaba a recordarle que era una carga y a llamarle vaga. Después sin embargo se percató de que en realidad iba a trabajar. Entonces empezó a cobrarle el alquiler de su habitación. 

Ese día era sábado. No había escuela, pero tenía doble jornada laboral en la tienda. Debía levantarse pronto para poder alcanzar a hacerse algo de desayuno antes de que su tía la regañara por levantarse tarde y la obligara a irse sin comer. Suspiró, mientras se dirigía a la puerta, y comenzaba a bajar las escaleras de la oscura y vieja casa. Abajo, en la cocina, encontró a su tía hablando por teléfono. Era una mujer enorme, de caderas tan grandes como pequeñas mesas y un rostro redondo de papada prominente. Sus orillos malignos la miraron desde debajo de su cabello rubio teñido, y le hizo señas bruscas para que le preparase el desayuno. Después continuó con su llamada, rascándose de vez en cuando el trasero por encima de su vestido largo con estampado de flores. 

Laura se dedicó a preparar el desayuno favorito de su tía antes que el suyo. Huevos estrellados, acompañados de huevos revueltos con trocitos de huevos duros. Una vez ella lo había probado, y le había causado una sensación muy extraña, como de no estar comiendo nada. Por eso desde entonces prefería comer solamente un sándwich y un vaso de leche por las mañanas. 

Cuando hubo terminado de prepararle el desayuno a la mujer, se lo sirvió en un plato y se lo dejó en su mesita cerca del teléfono, frente a la tele y al lado de la lavadora. Ese era su lugar, el sitio en el que se la pasaba día tras día, sin hacer otra cosa que quejarse, cambiar de canal, pedir comida a gritos y hablar por teléfono con sus clientes que le debían renta o con sus pretendientes. La miró de reojo. No estaba segura de cómo una mujer tan desagradable podía agradarle a nadie. 

Se preparó su desayuno y se lo comió rápido, para irse antes de que su tía acabara de hablar con teléfono. De inmediato se encaminó con paso enérgico hacia la tienda, lista para otra jornada laboral. Se fijó en que las mismas personas recorrían las calles, como todas las mañanas. Personas de rutinas, personas grises para días grises. Sin sonrisas, sin presencia, sin sueños. No había nada nuevo, nada que le hiciera pensar que esos días quizá podían acabar. 

Pero de pronto , notó la presencia de alguien extraño. Alguien ajeno a su rutina del día a día. Era un chico de cabellos negros como la noche que se encontraba sentado junto a la fuente de la plaza, simplemente mirando el correr de las aguas como embelesado. Laura se preguntó quién demonios podría perder el tiempo de esa manera, pero se le ocurrió que quizás se le habría caído algo. No supo por qué exactamente en ese momento, pero de alguna forma aquel chico había llamado su atención. Era algo en su forma de moverse, en la postura en la que estaba sentado, en ese rostro de rasgos suaves pero firmes, en esa leve sonrisa ladeada, que simplemente le decía que tenía que acercarse y ayudarlo. 

-¿Se te ha caído algo en la fuente?- le preguntó, intentando sonar amable pero sin poder evitar una nota de ironía en su voz. El chico se volvió para mirarla con unos profundos ojos castaños y le sonrió plenamente. Ella sintió que se le derretía algo muy dentro. "Que bonitos ojos tiene" fue lo único que atinó a pensar, y al parecer había pensado en voz alta.

-Pues gracias, tú también tienes bonitos ojos.- le dijo riendo el chico, y su sonrisa se hizo aún más amplia. Ella sintió que se ruborizaba, y por un momento deseó que la tierra se abriera para tragarla- No se me ha caído nada en realidad. Sé que quizá pienses que estoy loco, pero sólo me he detenido aquí a pensar un poco en todas las personas que han pasado por esta fuente. 

-¿Eh?- Laura no entendía en absoluto. Eso era una completa pérdida de tiempo- La gente pasa por esta fuente todos los días créeme. De camino al trabajo, al mercado, al hospital...- el chico comenzó a reírse. Ella no pudo evitar molestarse- Bueno, pues es la verdad. Si no tienes nada mejor que hacer aparte de reírte de mi, creo que será mejor que siga hacia mi trabajo. Se me hace tarde. 

Ya se estaba yendo cuando sintió que una mano la detenía. Se volvió, dispuesta a darle una bofetada a aquel muchacho insolente, pero entonces vio que la miraba con unos ojos que parecían brillar con una luz llena de misterios y silencios que era mejor apagar con sonidos. 

-Ven a verlo y lo entenderás.- le susurró al oído, logrando que ella se ruborizara. Pero hizo como pedía, aunque un poco a regañadientes, y se acercó a mirar la fuente. 

Dentro había cientos de pequeñas botellas de cristal con trozos de papel adentro. Entonces comprendió todo. Esa era conocida como la Fuente de los Deseos en esa ciudad porque la gente, siguiendo una antiquísima tradición, acostumbraba a lanzar ahí esas pequeñas botellas con sus deseos escritos dentro, a la espera de que se cumplieran. Sin embargo, esa era una tradición que hacía ya años que no se seguía. Desde la guerra. Ella recordaba haber sido la última que había puesto una botella en aquella fuente. De hecho... 

Miró atentamente el fondo de la fuente, lleno de botellas viejas. Podía ver aún la botella que había lanzado su madre antes de morir, pero la de ella... Entonces sintió que su mano se veía cálidamente apretada. Se volvió para mirar algo harta al chico, y se encontró con su botella. El muchacho la sostenía frente a su rostro, con una sonrisa pícara. 

Laura se cubrió la boca con las manos, intentando no abrir demasiado los ojos por la sorpresa. Miró al chico, luego a la botella, y luego otra vez al chico, cada vez más confundida.  Él se limitó a sonreír más ampliamente aún. 

-Hace siete años, yo me encontraba muy enfermo. Tuve que permanecer casi dos años en cama, y me la pasaba viendo esta pequeña plaza desde esa ventana.- al decir esto señaló una ventana del segundo piso de una panadería. Ella recordó que por esa época lo había visto algunas veces, con curiosidad- La verdad, no era un secreto para mi que mis probabilidades de sobrevivir eran escasas. Los recursos médicos estaban siendo ocupados en el frente, y mi familia no tenía dinero para comprarlos de otras ciudades. Yo ya prácticamente me había rendido, pero entonces, una tarde, las vi a ti y a tu madre poner sus botellas en la fuente. Tu madre te sonrió, te abrazó, y te prometió que todo estaría bien. Pero yo me di cuenta de que no lo estuvo. Las veces siguientes que pasaste por aquí, cada vez tenías una mirada más triste y fría... 

-¿Por qué me haces recordar todo esto? ¿Quién eres, y qué es lo que quieres?- preguntó Laura con lágrimas escurriéndole por las mejillas. No quería recordar eso, no quería. Estuvo a punto de irse corriendo, pero entonces aquel chico la abrazó.

-Porque desde que te vi, supe que no soportaba la idea de que el deseo que habías escrito en la botella se viera defraudado. No soportaba la imagen de tu infelicidad. Quería verte sonreír. Por eso, saqué tu botella de la fuente, y te preparé una pequeña sorpresa.- dicho esto la miró, con una sonrisa cálida- Sígueme. 

Ella se planteó un momento si debía seguirlo o no. Pero antes de que ella pudiera siquiera protestar, el ya la estaba arrastrando, jalándola de la mano, hacia su casa.

-Oye, ¿qué te pasa idiota? Déjame, o...

Dentro de la casa, inconsciente en una cama, estaba su padre. Tenía una venda en la cabeza, pero parecía que no se encontraba tan mal. Sintió como si flotara. Todo aquello era demasiado bueno, no podía ser real. Simplemente, tenía que ser un sueño. De pronto todo movimiento en ella parecía demasiado. Se quedó muy quieta, observando con la boca abierta y temor a caerse si daba un sólo paso. Aquel muchacho del que aún no sabía su nombre le dedicó la más esplendorosa de todas las sonrisas que había visto en su vida.

-Mi padre, que es enfermero, lo encontró en el campo de batalla, y le pedí que lo trajera, que habría alguien que lo extrañaría por acá. Por cierto, no sólo trajo eso, si no increíbles noticias Laura. La guerra terminó. La batalla ha acabado.

-¿Quién eres? ¿Por qué haces todo esto?- Laura apenas podía hablar con una voz baja y temblorosa. 

-Mi nombre es Félix, soy tu ángel guardián a partir de hoy si me lo permites, aunque he hecho lo más que he podido desde que te vi en aquella fuente deseando la paz. Lo hago porque tu felicidad es mi único deseo, y tus sonrisas son mi felicidad, y así ha sido y será por siempre.- Félix le tomó la mano. 

Un rayo de sol atravesó las nubes en aquel momento. Poco a poco, todo el cielo se fue despejando, y ante la sorprendida ciudad se extendió un horizonte azul iluminado por destellos tan dorados, que casi podría decirse que sonreía. 

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