Cuando el Fénix llore

And so as the clouds started to be teared apart
The sun showed off through the dust, pure joy
But what a shame that in those deep dark hearts
Nobody was remaining to look his bright and enjoy.

Otra vez, miro por la ventana, esperando su llegada. El sol, por las mañanas. Se asoma lentamente en el horizonte, y despierta a las aves que duermen en los árboles. El canto de las aves por la mañana es un espectáculo muy hermoso, digno de escuchar. Creo que es una de las formas más puras del arte y la música. Son tonterías eso de que el humano creó el arte. La naturaleza es arte, y como el humano es naturaleza, el arte viene dentro de él. 

Me recuesto en la ventana de mi pequeña prisión, y sigo mirando el horizonte. Me pierdo entre las nubes, pasan zumbando al ritmo de mis pensamientos. Las horas se hacen minutos, las semanas parecen días. Sigo aquí, puedo asegurarte que sigo aquí, aunque no haga ruido, aunque esté en silencio. A veces, el silencio es el mejor lenguaje. En especial cuando el tiempo pierde su sentido, y cuando los pensamientos se vuelven más reales que lo que nuestros ojos ven. 

El sol sale, y se esconde, una y otra vez, en una eterna danza con la luna, la cual da vueltas y vueltas, su vestido girando al aire. Luz, y oscuridad. Ambos tan hermosos. Muchos le temen a la falta de luz, pero yo he conseguido apreciar su oculta belleza. Todas las noches, cuando no puedo dormir, me acerco a la ventana y miro hacia afuera. La oscuridad es la personificación del silencio, es el silencio de los ojos, y como tal, tiene su propio lenguaje. Por otro lado, en la oscuridad, todo tiene una apariencia distinta. Oh no, no es macabra. Puede que muchos la vean así. Pero yo creo que es más bien algo así como el lado silencioso de todas las cosas. 

Se que moriré pronto. Ya he vivido demasiado tiempo. No me importa. Envejeceré con el corazón lleno de toda la felicidad vivida. Incluso aunque nadie en el mundo sepa mi nombre, más que mis captores. No necesito de su atención para morir con dignidad. Me conozco, estoy contento conmigo mismo, soy feliz, y siempre lo he sido. La prisión sirvió de poco, más que para demostrarme la verdad acerca de la vida. No es una carrera contra la muerte. La vida, sólo es un camino que todos debemos de recorrer. Al final de ese camino, está la muerte. No es un destino a eludir. La muerte, es la pausa de la vida, y sólo sirve para dar paso a otra vida. Es el premio que se nos da por vivir. Descanso, y silencio. Hermoso silencio.

Pero un día, alguien abrió la puerta de mi prisión. Era parecida a mi, esa chica. Su mente era tan parecida a la mía, que no había tenido problemas al entrar. Y nos miramos, en silencio. Y el silencio bastó, y sobró. No necesitábamos explicaciones. Ninguno malinterpretó nada. Simplemente, lo sabíamos. La abracé. Y juntamos nuestras prisiones, para pasar el resto de nuestros días en una soledad acompañada. En silencio, observando, pensando, pensando a veces juntos, observando a veces lo mismo, escuchando en ocasiones el mismo silencio. 

Estamos al borde de nuestra vida. Moriremos mañana, probablemente. Nadie nos recordará, nadie nos velará. Nadie estará ahí para llorarnos. Pero no nos importa. Nos tenemos mutuamente, con eso nos basta. Estamos los dos plenamente con el otro. 

En la mañana, me despierto. Hay un ave extraña en mi ventana, un fénix. El pájaro de fuego, con llamas anaranjadas y rojizas enroscándose alrededor de su cuerpo, me mira nostálgica, melancólicamente. Lo miro, y me pongo a llorar irremediablemente. Sus ojos son tan familiares. Su silencio es un silencio de cariño. De sus ojos, caen un par de lágrimas doradas, que humean sobre la madera de la ventana hasta desaparecer. Parece darse cuenta hasta que ve el humo de que está llorando. Así que decide no prolongar la despedida, porque sus lágrimas sólo hacen que mis ojos se humedezcan un poco más cada vez. Se da la vuelta, y se va, en un silencio de despedida. 

Me acerco a la ventana, y lo veo fundirse con el sol en la distancia. Dubitativo, vuelvo la mirada a la cama donde yace ella. Sí, está muerta. Sólo se quedó un poco más de lo necesario para despedirse de mí. Lloro sobre su lecho, y lamento su pérdida. Recuerdo lo que vivimos juntos una y otra y otra vez. Me equivoqué. El día que ella muriera, su tumba no estaría sola. Yo estaría allí. 

Vuelvo al vacío silencio de antes. Ahora, estoy esperando simplemente a la muerte. Esa vieja amiga mía, que me traerá el eterno descanso. Pasan los días, y finalmente, una noche, la veo de nuevo parada sobre mi ventana. Fénix, el ave de fuego. Me sonríe con los ojos, su silencio es de bienvenida. Cuando me doy cuenta, yo también soy un Fénix, un ave que renace de sus cenizas. Lleno de felicidad, embriagado de alegría, me voy volando con ella. Acompañamos a la luna en su baile, escuchamos las palabras del sol, nos unimos al coro de pájaros. 

Nadie visita nuestras tumbas, están olvidadas, a día de hoy. Sólo de vez en cuando, un par de aves fénix se posan sobre las lápidas, a canturrear o simplemente a permanecer en silencio, viendo dentro de sus ojos, hablando sin palabras, buscando en la inmensidad de sus mentes la respuesta a preguntas que no existen.

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